Primer Encuentro Americano contra la Impunidad
20 al 21 de junio del 2009
Caracol IV: "Torbellino de nuestras palabras"; Morelia, Chiapas, México


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Primer Encuentro Continental Americano
contra la Impunidad y por la Justicia Autónoma


Sobre la violencia, la memoria del horror y la impunidad

Carlos Fazio

Porque no se puede silenciar la historia. Porque la memoria del horror está presente. Porque las grandes mayorías no saben que todo es posible. Porque debemos reintegrar a la memoria colectiva lo que, de olvidarse, retornaría. Porque debemos oponernos a la inercia del consenso, del borrón y cuenta nueva y el no te metas del discurso dominante que quisiera un pasado sepultado para siempre, víctimas y protagonistas de ayer y de hoy, familiares, luchadores sociales, juristas, intelectuales y colectivos humanitarios de distintas regiones de Nuestra América, hemos sido convocados a este caracol zapatista "Torbellino de Nuestras Palabras", en Morelia, Chiapas, para establecer un diálogo intergeneracional que, a la vez de denunciar, informar y analizar la realidad actual, sirva para crear nuevas herramientas de prevención y protección ante el ascenso de la violencia y la impunidad de los que mandan.

Con gran profusión, algunos hechos del pasado reciente reaparecen en muchas latitudes, y asoma el gesto inaugural de un poder totalitario y violento que define al enemigo interno: el campesino indígena, el insumiso, el obrero, el pobre, el sedicioso, el migrante, el indigente, el extranjero como sinónimo de terrorista, con la intención de imponer una verdad única en la lógica del orden instituido y como estrategia de poder y prácticas rutinarias del neoliberalismo de guerra de Washington, sus aliados occidentales y sus peones, con la impunidad como política de Estado; con sus amnistías, sus leyes de punto final y de caducidad de la pretensión punitiva del Estado (como la llamaron de manera perversa en el pequeño Uruguay); con sus traficantes del olvido y sus archivos secretos del horror.

Son muchos los que se preguntan para qué resistir al olvido. Y respondemos que esa es una de las batallas cruciales del inicio del tercer milenio, porque en el mundo actual se dan las condiciones de reproducción de la barbarie y del horror nazi-fascista. Porque está fresca la herencia de la administración Bush, con los vuelos secretos de la CIA (Agencia Central de Inteligencia), sus sitios negros, su archipiélago de "cárceles fantasmas" y los barco-prisión del Pentágono fondeados en alta mar; con su renovada doctrina de seguridad nacional y sus fachadas y limbos jurídicos y el regreso de las cortes militares de la era Obama, que criminalizan la protesta, la disidencia y a los luchadores por la liberación nacional, a los que clasifica como combatientes enemigos carentes de derechos y por ello mantenidos en un limbo jurídico, como los prisioneros de guerra del campo de concentración de Guantánamo, en Cuba, Abu Ghraib en Irak o la base aérea estadunidense de Bagram, cerca de Kabul, símbolos de la capucha, el submarino (waterboarding) y el sadismo sexual como herramientas de tortura.

Hoy, como ayer, que nadie diga yo no sabía. La impunidad no es sólo un problema jurídico ni del pasado. La impunidad tiene una dimensión política. Es un problema de la sociedad. Y cuando una sociedad niega el crimen que todos conocen, cuando el horror se sabe pero no se admite, el mensaje edulcorado de inocencia es un efecto de impostura y de mentira. No hay un agujero de la memoria. Lo que existe es una trivialización del crimen horroroso. La banalización de un horror que muchos conocen y del que pocos hablan. Un horror concreto. Por ejemplo, el horror en Chillan, Chile. O en Acteal, Aguas Blancas, El Charco, Atenco, la ciudad de Oaxaca, Pasta de Conchos, Puebla y un largo etcétera en la geografía mexicana. O el terrorismo de Estado en la trágica Colombia bajo control de la narcoparapolítica uribista; un horror estatal y paraestatal institucionalizado, con sus Águilas Negras, sus mochacabezas, sus grupos de "limpieza social", sus fosas comunes, sus millones de desplazados de guerra internos y sus "falsos positivos", como eufemismo de ejecuciones extrajudiciales.

La mirada sobre el horror paraliza, espanta. El mensaje del poder busca imponer la idea de que es mejor callar; el silencio como forma de sobrevivencia. De esa forma, el silencio se hace aliado o es cómplice del terror. La peor solución, además de cruel, inhumana, es ser cómplice del silencio. Llevar la mirada hacia el costado y vivir como diciendo aquí no pasa nada. La resistencia a saber, individual y colectivamente, y el asco y el miedo que despiertan la cárcel, la tortura, las ejecuciones sumarias, las desapariciones forzosas, los genocidios, nos invitan a huir de esos temas.

En sentido contrario, la palabra engendra esclarecimiento. Para quienes lo han padecido, la memoria del terror es imborrable. La fuga en el olvido, en el borramiento de la experiencia, es impracticable. La memoria del horror no caduca ni tiene punto final. Por eso, a partir del testimonio de las víctimas, del esclarecimiento de la verdad y la recuperación de la memoria histórica, colectiva, es necesario comprender qué ocurrió y cómo ocurrió. Porque documentarlo, sistematizarlo y compartirlo, nos permitirá saber qué está ocurriendo hoy, cuando la potencia hegemónica, Estados Unidos, con la complicidad de algunos Estados clientes en el subcontinente -Colombia, México y Perú en la coyuntura-, lleva a cabo de facto una reconfiguración del mapa geopolítico en beneficio del complejo energético militar industrial.

Con su proyección espacial, sus políticas de grandes áreas y sus "espacios vitales"; con sus tratados de libre comercio, su Plan Puebla-Panamá, su Plan Colombia, su Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN) y su Iniciativa Mérida; con sus biopiratas, sus propiedades intelectuales y sus "proyectos verdes" depredadores de selvas y bosques bajo la mampara del Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo; con sus prácticas criminales contra el medio ambiente, sus agrotóxicos y los monocultivos en gran escala (de soja, caña de azúcar o eucaliptos), las nuevas empresas colonizadoras del imperialismo asociado buscan aterrizar sus megaproyectos regionales y sus corredores multinodales como renovada formas de apropiación territorial violenta para saquear por tierra, mar y aire nuestro petróleo, gas natural, agua, biodiversidad y otros recursos naturales.

Son proyectos que se inscriben en la llamada "geopolítica del desalojo", que expulsa gente del campo, promueve una contrarreforma agraria y el vaciamiento forzoso de tierras en beneficio del gran capital, muchas veces por medio del paramilitarismo y/o la contratación de empresas de seguridad privadas, lo que lleva a una tercerización o mercenarización de los conflictos, al mismo tiempo que superexplotan al trabajador del campo en clave de contrainsurgencia y en nombre del dios mercado.

Con su cultura de la muerte, sus escuelas de asesinos y torturadores (incluida la vieja Escuela de las Américas), sus guerras sucias y de baja intensidad; con sus Auschwitz del siglo XXI y su Plan Cóndor reactualizado; con su Ley Patriótica, sus "perímetros de seguridad", sus cuerpos de paz y sus matanzas manu militari de indígenas, como en Bagua en la Amazonía peruana, y antes en Cobija, Pando, en el trópico boliviano o en el sufrido Chocó de los afrocolombianos, el actual sistema de dominación hegemónico en decadencia busca perpetuarse y reproducir sus intereses.

A través de los Comandos Norte y Sur del Pentágono, de sus embajadas, de sus aparatos de seguridad e inteligencia, de su AID, su USIA, su FBI, su DEA, su Fundación Nacional para la Democracia y sus agentes encubiertos, el imperio impulsa golpes suaves, revoluciones de colores y guerras de cuarta generación. Y también, como en la ex Yugoslavia, promueve movimientos separatistas, balcanizadores, en la media luna boliviana, con eje en Santa Cruz, en el estado Zulia, y en Guayaquil, para romper la unidad de Estados naciones como Bolivia, Venezuela y Ecuador.

Al mismo tiempo fabrica Estados fallidos con sus Eliot Ness de ocasión, como aquí en México, y lleva a cabo un proceso de reingeniería militar regional bajo control del Pentágono, mediante un nuevo andamiaje de seguridad post-Panamá construido en base a los denominados Centros Operativos de Avanzada (FOL, por sus siglas en inglés), pequeños aeródromos de bajo costo emplazados en Comalapa (El Salvador); en los aeropuertos civiles de Aruba y Curazao, frente al golfo de Maracaibo, Venezuela; y Manta, sobre el Pacífico ecuatoriano, que será sustituido en breve por Palanquero, en la ocupada Colombia, mientras ordena el regreso de los marines y la intervencionista IV Flota a las aguas azules y marrones del hemisferio y multiplica los ejercicios militares Unitas, Cabañas y Nuevos Horizontes, para adoctrinar y penetrar a las fuerzas armadas nativas, muchas de las cuales operan ya como ejércitos de ocupación en sus propios países.

Con sus Kissinger, sus Echeverrías y sus Sabinos Montanaros impunes; con sus terroristas confesos, como Luis Posadas Carriles; con sus "profesionales de la violencia" como el capitán ® Jorge Tróccoli y el general Acosta Chaparro; con sus paramilitares y sus empresas de mercenarios disfrazados de contratistas privados, como los de Dyncorp, Grumman, MPRI y los asesinos de la Blackwater; con sus supremacistas blancos armados y a la caza de migrantes indocumentados en la frontera norte; con sus mafias, sus padrinos, sus sicarios y su violencia reguladora bajo la fachada de la guerra a las drogas; con sus golpes quirúrgicos extraterritoriales y sus necrofílicos show mediáticos con fines diversionistas, tipo Sucumbíos; con sus Atencos y sus Oaxacas como estrategia de guerra psicológica y de control de población; con sus Parotas; con sus cercos de hostigamiento contrainsurgente a los zapatistas aquí en Chiapas, a las comunidades indígenas oaxaqueñas de las regiones Loxicha, del Istmo y la Mixteca, y de Coyuca de Catalán y Petatlán, en la Sierra Madre del Sur, Guerrero, y también a los comuneros de la Nación Mapuche en Cautín, Malleco, Temuco y la Araucanía chilena, Estados Unidos, las oligarquías locales y sus administradores cipayos van construyendo regímenes de excepción y nuevos Estados policiales.

Si la Doctrina de Seguridad Nacional fue un instrumento ideológico-militar apto para contrarrestar a los movimientos de liberación nacional en los años 60/70 del siglo XX en América Latina (la guerrilla y las organizaciones de izquierda clasistas como encarnación del enemigo "comunista", la "antipatria", la "subversión atea"), hoy, ante las derrotas militares de los grupos armados y la larga noche de los regímenes castrenses y de la dictadura del pensamiento único neoliberal, dada la segmentación de los movimientos sociales y populares, el imperio ha venido trabajando en la construcción social del miedo. Es decir: en la construcción del enemigo (interno). El miedo construye escenarios de riesgos en la subjetividad colectiva y altera la vida cotidiana mediante la angustia, el temor y una sensación de peligro latente. Ante el temor de la sociedad, el sistema genera imaginarios de exclusión: guetos, barrios amurallados en fraccionamientos con seguridad privatizada. Una forma de crear fragmentación social; de promover el individualismo; de erosionar la vida comunitaria y la solidaridad entre los hombres y las mujeres.

Los tres ejes clave en esa construcción del miedo y como caballos de Troya para militarizar al nuevo Estado autoritario e imponer la tolerancia cero, son: el terrorismo (y el "eje del mal", Cuba y Venezuela incluidas); el populismo radical (Chávez, Evo, AMLO) y el crimen organizado. Ante esos enemigos míticos, imaginarios, impredecibles, distractores (que en algunos casos existen, pero son potenciados por los medios de difusión masiva, como propagandistas de "la razón de Estado" para imponer leyes, recortar las garantías constitucionales e individuales), el modelo que busca imponer el sistema de dominación al interior de nuestros países, es la mano dura: la militarización las policías y la policialización de las fuerzas Armadas (Ejército y Marina).

El nuevo Estado policial autoritario se presenta ante la sociedad como "el salvador". Por ello, busca legitimar el uso de la fuerza y genera de facto un Estado de excepción. Con el juego de la "lucha contra el terrorismo" y el "crimen organizado", encarcela a la sociedad. Nos vigila. Limita los espacios públicos. Invada la privacidad de las personas. Impone nuevas leyes represivas como la Ley Antiterrorista en Argentina, El Salvador, Paraguay o México, a imagen y semejanza de la Ley Patriota de la administración Bush, que permite la intervención de las comunicaciones privadas. Inventa guerras para que las veamos en vivo y en directo por la televisión. Discrimina. Fomenta la delación. Fomenta el no te metas. Mata en los retenes. Viola mujeres.

Además, con sus feminicidios; con su racismo, su discriminación y sus arrasamientos culturales; con sus fundaciones, sus centros de pensamiento, su terrorismo mediático y sus oligopolios al estilo Televisa o Globovisión; con sus oscurantistas adoctrinadores tarifados, tipo Mario Vargas Llosa, Enrique Krauze y Jorge Castañeda, Estados Unidos y sus capataces locales imponen sus normas. Sus tribunales clasistas que "legalizan" la impunidad a través de las fronteras nacionales, con sus leyes antiterroristas y sus supremas cortes de opereta, que sancionan impunidad arriba y terror abajo, mientras instalan por doquier sofisticados sistemas de control y vigilancia electrónica de red en el marco de la doctrina Giuliani.

Ante este estado de cosas, pensamos que conocer el origen y la naturaleza del dolor, los mecanismos del terrorismo de Estado y del discurso del poder que justifica la barbarie y el odio al otro, al diferente, implica quizás desarmar su lógica de manera preventiva, su vigencia hoy y su eficacia.

Frente a la situación del horror renovado, lo que el sistema propone es huirle por asco y miedo. No hacerlo, exige vigilancia, requiere una alerta constante. El silencio y el olvido, la indiferencia y la impunidad favorecen la persistencia y reproducción de la violencia y el terror de Estado. Pero ni las amnistías ominosas, ni las anamnesis(1) instrumentales y políticamente ventajeras, son válidas. Por eso es necesario identificar todas las formas de impunidad vigente en sus dimensiones militar, jurídica, económica, cultural y comunicacional, para empezar a elaborar un diccionario del horror; para crear una red de redes de las organizaciones de víctimas que diseñen estrategias de denuncia, defensa social y propuestas de acción comunes. Y si es posible, por que no, también es necesario construir un Tribunal Autónomo Continental para juzgar los crímenes de guerra y de lesa humanidad, así como a sus autores y ejecutores.

  1. Anamnesis o anamnesia, interrogatorio del enfermo, por parte del médico, sobre su enfermedad, antecedentes, etc., para fundamentar el diagnóstico.

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