Primer Encuentro Continental Americano contra la Impunidad y por la Justicia Autónoma
Carlos Fazio. México.
De Uruguay traigo un saludo fraternal, de un músico amigo de los zapatistas que ha estado varias veces por acá, Daniel Viglietti, que por razones de trabajo no ha podido acompañarnos. Y también un saludo fraternal del Movimiento Liberación Nacional Tupamaros y el Movimiento de Participación Popular integrado al Frente Amplio.
Yo había preparado un texto de unas cinco cuartillas que no lo voy a leer todo, que se llamaba, que le puse "Sobre la violencia, la memoria del horror y la impunidad", dice así:
Porque no se puede silenciar la historia. Porque la memoria del horror está presente. Porque las grandes mayorías no saben que todo es posible. Porque debemos reintegrar a la memoria colectiva lo que de olvidarse, retornaría. Porque debemos oponernos a la inercia del consenso, del horror, del borrón y cuenta nueva y el "no te metas" del discurso dominante, que quisiera un pasado sepultado para siempre.
Víctimas y protagonistas de ayer y de hoy, familiares, luchadores sociales, juristas, intelectuales, campesinos, colectivos humanitarios de distintas regiones de nuestra América, hemos sido convocados a este IV Caracol Zapatista Torbellino de Nuestras Palabras en Morelia, Chiapas, para establecer un diálogo intergeneracional que a la vez de denunciar, informar y analizar la realidad actual, sirva para crear nuevas herramientas de prevención y protección ante el ascenso de la violencia y la impunidad de los que mandan.
Con gran profusión, algunos hechos del pasado reciente reaparecen en nuestras latitudes y asoma ya el gesto inaugural de un poder totalitario y violento, que define al enemigo interno, al campesino indígena, el insumiso, el pobre, el sedicioso, el migrante, el obrero, el indigente, el extranjero, como sinónimo de terrorista, con la intención de imponer una verdad única en la lógica del orden instituido y como estrategia de poder y prácticas rutinarias del neoliberalismo de guerra de Washington, sus aliados occidentales y sus peones. Con la impunidad como política de Estado, con sus amnistías, sus leyes de punto final y de caducidad de la pretensión punitiva del estado, como la llamaron manera perversa en Uruguay, con sus traficantes del olvido y sus archivos secretos del horror.
Son muchos los que se preguntan ¿para qué resistir al olvido? Respondemos que esa es una de las batallas cruciales del inicio del tercer milenio, porque en el mundo actual se dan las condiciones de reproducción de la barbarie y del horror nazifascista. Porque está fresca la herencia de la administración Bush, con los vuelos secretos de la CIA, sus sitios negros, sus archipiélagos de cárceles fantasmas y los barcos prisión del pentágono fondeados en altamar, con su renovada doctrina de seguridad nacional y sus fachadas y limbos jurídicos. Y el regreso de las cortes militares de la era de Barack Obama que criminalizan la protesta, la disidencia y a los luchadores por la liberación nacional, a los que clasifica como combatientes enemigos carentes de derecho, y por eso mantenidos sin juicios, como los prisioneros de guerra del campo de concentración de Guantánamo en Cuba, de Abugrait en Irak o en la base aérea de Bagram cerca de Kabul, símbolos de la capucha, el submarino y el sadismo sexual como herramientas de tortura.
Hoy como ayer, que nadie diga "yo no sabía", la impunidad no es un problema jurídico, ni del pasado. La impunidad tiene una dimensión política, es un problema de la sociedad y cuando una sociedad niega el crimen que todos conocen, cuando el horror se sabe pero no se admite, el mensaje edulcorado de inocencia es un efecto de impostura y de mentira. No hay un agujero en la memoria, lo que existe es una trivialización del crimen horroroso, la banalización de un horror que muchos conocen y del que pocos hablan. Un horror concreto, por ejemplo el horror en Chillán, Chile o en Acteal, Aguas Blancas, El Charco, Atenco, la ciudad de Oaxaca, Pasta de Conchos, Puebla y un largo etcétera en la geografía mexicana. O el terrorismo de Estado en la trágica Colombia, bajo control de la narco-parapolítica-uribista, un horror estatal y parestatal institucionalizado con sus Aguilas Negras, sus mochas cabezas, sus grupos de limpieza social, sus fosas comunes, sus millones de desplazados de guerra internos y sus falsos positivos como eufemismo de ejecuciones extrajudiciales, con su proyección espacial, sus políticas de grandes áreas y sus espacios vitales, con sus Tratados de Libre Comercio, su Plan Puebla Panamá, su plan Colombia, su Alianza para la Seguridad de la Prosperidad de América del Norte y su iniciativa Merida, con sus biopiratas, sus propiedades intelectuales y sus proyectos verdes depredadores de selvas y bosques, bajo la mampara del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo, con sus prácticas criminales contra el medio ambiente, sus agrotóxicos y los monocultivos en gran escala de soja, caña de azúcar, eucaliptus.
Las nuevas empresas colonizadoras del imperialismo asociado, buscan aterrizar sus megaproyectos regionales y sus corredores multinodales como renovada forma de apropiación territorial violenta para saquear por tierra, mar y aire, nuestro petróleo, gas natural, agua, biodiversidad y otros recursos naturales. Son proyectos que se inscriben en la llamada "geopolítica del desalojo" que expulsa gente del campo, promueve una contrarreforma agraria y el vaciamiento forzoso de tierras en beneficio del gran capital, muchas veces por medio del paramilitarismo y la contratación de empresas de seguridad privada, lo que lleva a una mercenarización de los conflictos, al tiempo, al mismo tiempo que súper explotan a los trabajadores del campo, en clave de contrainsurgencia y a nombre del dios mercado. Con su cultura de la muerte, sus escuelas de asesinos y torturadores, incluida todavía la vieja escuela de las Américas, sus guerras sucias y de baja intensidad, con sus Auschwitz del siglo XXI y su Plan Cóndor reactualizado, con su ley patriótica, sus perímetros de seguridad, sus Cuerpos de Paz y sus matanzas en manos militares de indígenas, como en Batwa en la Amazonía Peruana y antes en Cobija Pando en el trópico boliviano. O en el sufrido Chocó de los afro-colombianos.
El actual sistema de dominación hegemónico en decadencia busca perpetuarse y reproducir sus intereses, con sus Kissingers y sus Luises Echeverrias impunes, con sus terroristas confesos como Luis Posada Carriles, con sus Sabinos Augustos Montanaro, la mano derecha del ex dictador Stroessner en Paraguay. Con sus profesionales de la violencia como el capitán uruguayo Jorge Trócoli y con generales como Acosta Chaparro, con su paramilitares y sus empresas de mercenarios disfrazados de contratistas privados, con sus supremacistas blancos armados y a la casa de migrantes indocumentados en la frontera norte, con sus mafias, sus padrinos, sus sicarios y su violencia reguladora bajo la fachada de la guerra de las drogas. Con sus golpes quirúrgicos extraterritoriales y sus necrofílicos shows mediáticos con fines diversionistas, como en el Sucumbíos Ecuatoriano. Con sus Atencos y sus Oaxacas como estrategia de guerra sicológica y de control de población, con sus Parotas, con sus cercos de hostigamiento contrainsurgente a los zapatistas aquí en Chiapas, a las comunidades indígenas oaxaqueñas de las regiones Loxichas del Itsmo y la Mixteca y también en Coyuca de Catalán y en Petatlán en la Sierra Madre del Sur en Guerrero. Y también con esos cercos a los comuneros de la Nación Mapuche en Cautín, Malleco, Temuco. En la región de la Araucania Chilena, Estados Unidos y las oligarquías locales y sus administradores y payos, van construyendo regímenes de excepción y nuevos Estados policiales.
Termino con esto compañeros. Frente a esta situación de horror renovado lo que el sistema propone es huirle por asco y miedo. No hacerlo, exige vigilancia, requiere una alerta constante. El silencio y el olvido, la indiferencia y la impunidad, favorecen la persistencia y reproducción de la violencia y del terror de Estado. Pero ni las amnistías ominosas, ni las anamnesis instrumentales y políticamente ventajeras son válidas. Por eso es necesario identificar todas las formas de impunidad vigentes en sus dimensiones militar, jurídica, económica, cultural y comunicacional para empezar a elaborar un diccionario del horror; para crear una red de redes de las organizaciones de víctimas que diseñen estrategias de denuncia, defensa social y propuestas de acción comunes. Y si es posible, por que no, también es necesario construir un Tribunal Autónomo Continental para juzgar los crímenes de guerra y de lesa humanidad, así como a sus autores y ejecutores.
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