Primer Encuentro Americano contra la Impunidad
20 al 21 de junio del 2009
Caracol IV: "Torbellino de nuestras palabras"; Morelia, Chiapas, México


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Primer Encuentro Continental Americano
contra la Impunidad y por la Justicia Autónoma

Alto a la guerra contra la subsistencia
(Jean Robert, México)



Quisiera hablarles de un modo de despojo que no entra fácilmente en los moldes explicativos teóricos, pero que adquiere cada vez más peso en la práctica. De hecho, las luchas que motiva son las más significativas de éste nuevo siglo. Sin ellas, el despojo no tendría visibilidad pública. Este corto manifiesto quiere afirmar, después de otros, que es muy importante que esa forma de violencia se vuelva visible y que deje de ser impune.

Debemos encontrar un nombre para éste tipo de despojo, el más radical de todos. Más allá de un nombre, debemos también desentrañar la confusión mental y conceptual que permite a los poderes políticos y económicos revestirlo de una espuria legitimidad. Yo podría resumir ésta intervención en dos frases: 1. En todo el mundo, este despojo se justifica en nombre del progreso. 2. Cómo empiezan a decirlo los pueblos amerindios, "el progreso mata". O: el progreso mata toda vez que su condición es un despojo.

Este pillaje que hay que nombrar y clarificar conceptualmente da lugar a cada vez más formas de resistencia cuya legitimidad debemos afirmar contra los poderes políticos y económicos. Ejemplos: en 1995, el gobierno de Nigeria mandó ejecutar a Ken-Saro-Wiwa, lider de un movimiento de resistencia al despojo de sus tierras perpetrado por la empresa Shell Oil. A principio de éste mes, Alberto Pizango tuvo más suerte: pidió y obtuvo asilo político de Nicaragua. El Sr Pizango es un líder indígena de la región amazónica del norte de Perú en resistencia contra los despojos de tierra y la depredación ambiental que dos nuevos decretos de la llamada "Ley de la Selva" permiten a la misma compañía Shell Oil perpetrar. Lo que piden los indígenas es la revocación de estos decretos. En el vecino Ecuador, otras comunidades indígenas están en pie de lucha contra la empresa petrolera Texaco. En Brasil, indígenas que se habían mantenido alejados de la civilización blanca se organizan ahora contra los caucheros y los taladores de bosque. La organización no-gubernamental Survival señala que decenas de tribus han decidido cortar toda relación con el mundo blanco, prefiriendo una vida extremadamente precaria en territorios empobrecidos en los que tienen que esconderse de los secuaces del "progreso que mata". En Perú, miles de indígenas mantienen bloqueadas carreteras y un aeropuerto en el norte, el centro y el sur del país en solidaridad con la huelga de dos meses y medio de pueblos amazónicos. Últimamente, Survival convenció a un señor que no acostumbra usar ropa, miembro de una tribu amazónica que hace poco no tenía contacto con el mundo blanco, a ponerse una camisa e ir a Europa a defender la causa de su territorio, identidad, cultura, lengua contra los invasores blancos. En Ecuador, acaba de ocurrir lo nunca antes visto: indígenas de la selva demandaron legalmente una compañía minera, y un tribunal aceptó hacerse cargo del caso. El municipio autónomo de San Juan Copala, una de las dos cabeceras del pueblo driqui, en la Mixteca Baja de Oaxaca, acaba de sufrir una agresión por parte de paramilitares. Pensemos en el joven Epifanio Celestino Bautista que murió durante éste asalto.

Piensen también en la lucha del heroico pueblo de Atenco que supo hasta la fecha defender sus campos y milpas de la destrucción por pistas de aterrizaje. Pensemos particularmente en las ridículas, absurdas, inverosímiles sentencias que los líderes de Atenco recibieron por defender el territorio de sus padres. Recordemos también a las compañeras de Xochimilco que, en el encuentro de la Digna Rabia, denunciaron los proyectos gubernamentales de transformación de las chinampas en zona turística. O a las señoras amas de casa del Estado de Hidalgo que lucharon contra el establecimiento de un centro de confinamiento de desechos altamente peligrosos en Zimapan y que nos acompañaron en solidaridad en una manifestación contra un proyecto de tiradero sobre una zona de recarga de los acuíferas en Cuernavaca. Una de ellas nos enseño las cicatrices de los golpes que le propinó la policía y nos habló de un compañero que quedó paralizado por obra de la misma.

Después de los casos dramáticos, mencionamos luchas más "fresas" - o así las vio la gente - porqué involucraron a personas que se ganan la vida como artistas, profesores, periodistas y no son - aún no - consideradas carne de cárcel por los poderes de arriba. Piensen por ejemplo en los activistas que apoyaron a los vecinos de Teotihuacán en oposición a la construcción de una megatienda a proximidad de las pirámides, o en movimientos locales como el de los ciudadanos de Cuernavaca que se opusieron a que una megatienda ocupara lo que fue el jardín del Casino de la Selva y que, a treinta de ellos, por muy "de clase media" que fueran, les costó unos diez días de cárcel. O, para acabar este derrotero de represiones con la más anodina, mencionemos a los profesores que, hace poco, tuvieron la necedad de salir a "franelear" coches en solidaridad con los que lo hacen para subsistir. Los que la vimos, no olvidaremos la sonrisa burlona del policía al que Roberto, un joven abogado, pedía que lo arrestara, como lo acababa de hacer con jóvenes que hacían lo mismo, sólo que no por necedad, sino por necesidad.

En el origen de todos esos movimientos, hay primero una violación de un patrimonio o de una libertad elemental por parte del poder. En seguida: una indignación popular frente a esa intolerable violación. Luego: una manipulación de la ley por la misma autoridad y la promulgación de reglamentos y "bandos de gobierno" cocinados al vapor para poder tratar a los manifestantes cívicos como si fueran delincuentes.

Los manifestantes contra el despojo de patrimonios y libertades elementales manifiestan algo que nos podría ocurrir mañana. ¿Que y como? Manifiestan un atropello contra su territorio, su cultura y su modo de subsistir, es decir que revelan este despojo, lo vuelven políticamente visible, público y con ello permiten a otros ciudadanos no sólo apoyarlos, sino entender lo que los amenaza a ellos también. ¿Qué hay de común entre el sitio de Gaza en Palestina, el asesinato del joven Grigori por un policía en Atenas y de Epifanio Celestino por un paramilitar mexicano en San Juan Copala, la tortura de gente inocente de Atenco en el camino a la peni, los insultos del Presidente peruano Alan García a los indígenas del Amazona, a quienes trató de "bárbaros", de "salvajes" y de "ciudadanos de segunda" o el policía que se burló del abogado morelense que le pedía el mismo trato que la policía reserva aún exclusivamente a los pobres?

Todos estos atropellos y despojos son episodios de una guerra contra la subsistencia de la gente común. Creo que si queremos llegar a una clarificación jurídica sobre ellos, hay que elucidar su objeto común. La subsistencia no es la economía formal y registrada, pero la economía puede ser un elemento de la subsistencia. Lo que llamo subsistencia es la diversidad de las maneras de obtener la canasta y de depositarla sobre la mesa familiar o comunitaria. Cuando pretende destruir toda otra forma de subsistir, la economía formal y registrada es la dictadura de un pensamiento único, esencia del capitalismo.

Temo que, en vez de estímulos a tomar más libertades creadoras de nuevas formas de subsistencia, el pueblo tendrá que oír cada vez más llamados a "hacer los sacrificios necesarios al salvamento de la economía". Vemos que parte de los sacrificios que los de arriba exigen de los de abajo es renunciar a las formas de llenar la canasta que no se inscriben estrictamente en la economía registrada, la que paga impuestos y permite la acumulación capitalista. Actividades como, por ejemplo, vender flores en la calle sin permiso especial, ofrecer su propia producción artesanal, o exhibir talentos de payaso o de saltimbanqui. Es de temer que, conforme se va hundiendo el barco de la economía global, los poderes intenten reponerla a flote prohibiendo todas las actividades de subsistencia tradicionales, refuncionalizadas o nuevas que le hacen competencia. Podemos prever que, cada vez más, el despojo de la gente de su subsistencia, es decir de su capacidad de sobrevivir y de su sentido particular de la buena vida se volverá condición de la ilusión ahora mortal de que el crecimiento económico puede salvarnos de la pobreza

En resumen, veo tres obstáculos al reconocimiento jurídico del delito de atropello contra la subsistencia:

  1. El uso de la Ley como arma de despojo de los pobres.
  2. La justificación económica de la destrucción de la base de subsistencia de los pueblos: la creencia de que, cuando la economía será global y la dependencia hacia los mercados total, la productividad será tal que "cada quién recibirá según sus necesidades" un espejismo mortal.
  3. La criminialización de la acción cívica mediante reglamentos y "bandos de gobierno" oportunistas.
 
 

 
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